Ponte en situación porque seguro que si tienes una edad, te resultará familiar.
Familia en una playa del Levante español, mes de Julio y con el sol en todo lo alto a la hora de la comida.
Pues en este contexto, con 3 niños y 2 abuelos además del matrimonio, hay que recoger todo los trastos y llegar hasta el restaurante a comer.
¿Qué pasó?
Pues que la arena ardía, sí, eso de pisar las brasas que ahora está tan de moda, creo que se quedaba corto al lado de la temperatura de esa arena de una playa de Alicante a las 3 de la tarde del mes de Julio.
Yo debía tener unos 8 años en aquella época, y claro, como siempre me gustó llevar la contraria, ese día no iba a ser menos.
Emprendemos la retirada y mi madre nos dice:
“No os perdáis, vamos a la pasarela de madera que la arena quema mucho”
Para llegar a la dichosa pasarela había un paseo que a las 3 de la tarde me pareció interminable comparado con la distancia que se me presentaba por delante para llegar hasta la acera del paseo marítimo donde pondría mis pies a salvo. A mí en matemáticas me habían enseñado que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta.
Así que ni corta ni perezosa grito:
“¡¡Yo me voy por la arena que está más cerca!!”
Osti.. cómo quemaba esa arena, con chanclas y todo te achicharraba allí donde tocaba pero claro, con tal de no dar mi brazo a torcer y reconocer que me había equivocado, había que seguir adelante.
Así que emprendí la travesía mientras escuchaba a mi madre a lo lejos gritar que me iba a quemar y que me fuese con ellos.
Sin mirar atrás ni escuchar los avisos del resto, salgo corriendo hacia la salida dando saltos tal cual muelle, con tal de tocar la arena lo menos posible y por fin aterrizo en las escaleras que accedían al paseo.
Subo los 4 escalones, me recompongo y me dirijo ( o eso creía yo) hacia donde se supone que aparecería el resto de la family que venían por la pasarela de madera.
Y, oh sorpresa, por allí no aparecía nadie conocido ni pasarela alguna.
Gente sí, había gente igual que en una procesión de Semana Santa, pero que yo conociese, nadie.
Y claro comencé a ponerme de los nervios.
Te recuerdo que en esa época no había móviles ni nada que se le pareciese con lo cual, sólo me quedaba la esperanza de que apareciese un policía municipal y me recogiese como “objeto perdido”.
Y mientras en mi cabeza resonaba el mandato que oía cada día:
“No hables con extraños. Si alguien te quiere dar un caramelo sal corriendo.”
Aún recuerdo la angustia que sentí durante esos minutos en los que no era capaz de ver ninguna cara conocida ni tampoco encontrar la salida de la dichosa pasarela.
Resumiendo:
Me había perdido y no conocía a nadie ni era mi ciudad, ni tenía donde acudir y sólo tenía ocho años.
Hasta que pasados unos 10 minutos que recuerdo como si hubiesen sido horas, oigo unos gritos:
“Yoli, Yoli, .. (así me llaman en mi casa de toda la vida de Dios) ¿pero se puede saber dónde coñ_ estabas?”
Zas, zas, … (esto son azotes por si alguien no los probó nunca)
Ni me dolieron, la alegría de ver una cara conocida anestesió la quemazón de mis pies y ahora la de mi culete, zarandeado por los azotes de mi padre.
¿Qué pasó? Pues que me despisté y una vez que llegué a la acera del paseo, me fui en dirección contraria a la que estaba la dichosa pasarela, y claro, me perdí.
Aún recuerdo la cara de susto de mis abuelos cuando mi padre apareció conmigo de la mano, cabreado como una mona y mi madre diciendo:
“¿Es que siempre tienes que hacer lo que tú quieras o qué?”
¿Y para qué te cuento esta aventura con final feliz?
Porque muchas veces cuando eliges hacer algo diferente aparecen dificultades.
Porque cuando eliges no seguir al rebaño, puedes encontrarte sólo.
Porque cuando eliges dejar de habitar una vida vacía, el cambio duele.
Porque cuanto te eliges a ti y a tu bienestar, hay personas a tu alrededor que no lo van a entender y se alejarán.
Porque cuando eliges lo nuevo, hay momentos que se pasa miedo.
Porque cuando decides que quieres soltar TODO aquello que no le viene bien a tu vida, la vocecita que tienes entre las orejas va a intentar sabotearte para que vuelvas al redil, a lo de siempre, a lo conocido.
Así que desde aquí te invito a que pises la arena,
que te quemes los pies y
que llegues triunfante a la acera aunque no conozcas a nadie.
No quieras cambiar tu vida de un día para otro, pero tu cerebro integrará cualquier pequeño cambio que vayas incorporando sin sentirse amenazado.
Y recuerda premiarte por cada logro, porque a ese maravilloso órgano de 1,5 Kg que tienes entre las orejas, le encantan las recompensas.
Y si necesitas una mano para ayudarte a llegar a la acera, puedes contar conmigo porque:
“NADIE PUEDE ACOMPAÑARTE A DONDE NUNCA HA ESTADO”
Feliz día y abrazo grande.
Yolanda